La Copa del Mundo de 2026 llega a Brasil con una mezcla de historia y ansiedad. La última vez que la Seleção levantó la copa fue en 2002, y esa brecha de 24 años ya no es solo una estadística: es una crisis de identidad que se esconde en cada jugada y en cada charla de vestuario.
Brasil ha sido durante décadas sinónimo de juego bonito, ritmo y goles espectaculares. Pero la edición de 2026 llega con una calma inquietante, como si el país hubiese aprendido a bailar con una cuerda floja: elegante, pero al límite. Para una nación que ha convertido la Copa en una leyenda, la realidad es que el recuerdo de 1970 y la necesidad de superar hitos como 1994 ya no bastan para sostener la confianza de una afición expectante.
La última victoria se remonta a 2002; desde entonces, la sequía se ha alargado y la esperanza se ha movido entre dudas y cambios de rumbo. Este artículo recorre la trayectoria que ha definido a la “Seleção”: la generación dorada, la profesionalización europea que llevó a grandes talentos fuera de casa y la dificultad de sostener un liderazgo claro cuando las figuras estelares envejecen o emigran.
Entre esos hitos, destacan los 24 años que separan 2002 de 2026, una pausa que recuerda a la historia de otros grandes equipos, pero que para Brasil se siente como una herida abierta. La ilusión de la afición se cruza con la realidad de un ciclo que tiende a recomponerse en cada ciclo mundialista, pero que aún no encuentra la fórmula ganadora que recupere la identidad perdida entre la celebración de un fútbol audaz y la necesidad de disciplina táctica.
La historia reciente no ha dejado lugar a la indiferencia: 2006 se presentó como una promesa de consolidación, 2010 dejó una herida de octavos y 2014 quedó grabada por la brutal caída de la semifinal ante Alemania. Neymar, junto a una generación que vivió en la sombra de triunfos pasados, ha cargado con el peso de una expectativa constante, y sus ausencias o bajas de forma han marcado la narrativa de la última década.
En Rusia 2018 y en Qatar 2022, Brasil mostró destellos de talento, pero también lagunas de continuidad. El partido dejó claro que el camino hacia la gloria requiere no solo talento individual, sino una identidad colectiva que domine cada fase del juego y que respalde a Neymar, Vinícius Jr. y Rodrygo con un bloque sólido y una dirección clara.
Con la llegada de Carlo Ancelotti, primer entrenador extranjero al frente de la selección en su historia, surge la esperanza de una reconexión entre tradición y modernidad. El desafío es grande: equilibrar el peso de una historia gloriosa con la necesidad de renovación, evitar que la presión de la afición termine ahogando a una plantilla joven y construir un estilo reconocible que trascienda generaciones.
La ausencia de Neymar desde 2023 por lesiones y la transición de liderazgo hacia jóvenes como Vinícius y Rodrygo se combinan con la experiencia de Casemiro y otros veteranos para intentar crear una identidad que funcione bajo presión internacional. Cada partido en 2026 deberá demostrar que Brasil no ha perdido su creatividad, pero que sabe combinarla con una estructura táctica capaz de sostener resultados en torneos de alto nivel.
La pregunta que domina el diálogo es: ¿Brasil puede ganar sin depender de una única figura estelar? ¿Puede un proceso con entrenador extranjero devolver la confianza y reescribir la historia reciente? En este contexto, la sequía se entiende no solo como un dato estadístico, sino como una señal de que la identidad y el estilo necesitan reinventarse para volver a ser, en la práctica, “o país do futebol”.
Se aproxima un año decisivo para la construcción de una nueva era, donde el talento siga floreciendo pero se combine con una visión colectiva que haga del Brasil moderno una versión más sólida y equilibrada de su historia. Y, si todo falla, siempre podemos decir que la Copa del Mundo es la excusa perfecta para otra ronda de risas, porque, al final, el fútbol es un juego y el humor también forma parte del equipo.

Sequía de una generación
Brasil fue históricamente una máquina de innovaciones y títulos, pero la actual etapa parece marcada por la distancia entre la “quinta” y la cuarta copa. La diferencia entre la época dorada y la actualidad es más que una estadística; es un cambio de mentalidad, de liderazgo y de contexto competitivo que ha obligado a la selección a repensar su manera de competir a nivel mundial.
La era actual ha visto a talentos desplazarse a Europa para madurar, con un tránsito que ha cambiado la distribución de poder en la cancha y en el vestuario. El equipo ha mostrado recursos técnicos y destellos de genialidad, pero la consistencia ha sido intermitente y la identidad, a veces, se ha perdido en el ruido de las críticas y las expectativas incumplidas.
Años sin brillo
Entre 1994 y la actualidad, Brasil ha vivido momentos de gloria y de decepción, un patrón que ha definido su narrativa reciente. 2006 dio la sensación de un equipo que creía haber alcanzado la madurez, pero el rendimiento no terminó respaldando esa confianza. Desde entonces, la conversación ha girado en torno a si la selección debe buscar la disciplina o la libertad de expresión en el campo.
El 7-1 ante Alemania en 2014 es la herida que nadie quiere olvidar, un recordatorio brutal de que la identidad no se sostiene solo con talento, sino con una estructura que minimice errores y maximice la cohesión. 2018 y 2022 trajeron destellos de clase, pero también altibajos que evidenciaron la necesidad de un proyecto a largo plazo y de una dirección clara que trascienda generaciones.
Con Ancelotti al mando, la expectativa es que Brasil recupere una brújula: un estilo reconocible, una mentalidad competitiva y una generación que, además de talento, esté unida en torno a un plan que funcione en torneos globales. Mientras tanto, la pregunta persiste: ¿podrá la selección volver a ser la referencia que alguna vez fue, o quedará como un espejo de tiempos más gloriosos?
En resumen, el camino hacia 2026 está pavimentado de dudas y esperanzas. Brasil tiene la historia, el talento y la pasión; lo que necesita ahora es una identidad sólida que permita convertir el brillo en títulos, sin perder la creatividad que ha hecho del país un símbolo del fútbol. Y si, en este proceso, alguien se equivoca, siempre quedará el humor para abrazar la cautela de una afición que sabe que el fútbol es, ante todo, un juego de ilusiones y risas compartidas.