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El Kaisar de Roma: Beckenbauer y la final que unió a Alemania en 1990

18 diciembre 2025

El Kaisar de Roma: Beckenbauer y la final que unió a Alemania en 1990
Beckenbauer, sereno líder que convirtió la noche en Roma 1990 en una historia de unidad y gloria.

Beckenbauer y la final que convirtió a una nación en una orquesta

En la noche de Roma 1990, mientras la afición alemana vibraba y la ciudad italiana respiraba fútbol, Franz Beckenbauer caminaba con una calma que parecía desafiar la prisa de un estadio entero. No era sólo un antiguo astro, sino el líder que, sin tener licencia oficial de entrenador, dirigía con la precisión de un director de orquesta. Ese 1990, con la medalla dorada pendiendo de su cuello, Beckenbauer respaldó a una Alemania que se había reunificado poco antes, una nación que buscaba identidad en el césped tanto como fuera de él.

La historia que se cuenta aquí —inspirada por el episodio de Icons, un podcast de GOAL que reexplora las últimas diez Copas del Mundo desde ángulos poco convencionales— se despliega como un espejo de una época de cambios. El Mundial de Italia fue el escenario perfecto para que una generación alemana mostrara que la unión no era solo política, sino también deportiva. Beckenbauer, de 44 años, ya había dejado atrás la idea de ser simplemente un jugador; en Roma se convirtió en el arquitecto que cada rival temía enfrentar.

El relato destaca que Beckenbauer, pese a nunca haber obtenido una licencia de entrenador, ejerció una autoridad real. Sus decisiones y su forma de preparar al equipo mostraron a una Alemania que aprendía a competir con un nuevo sentido de colectividad. No era un líder que gritaba; era el que ordenaba, diseñaba y convertía la presión en una sinfonía de minutos bien jugados. De esa quietud nacía una idea: el mejor equipo del mundo no se construye con emoción aislada, sino con una coreografía de movimientos que se sostienen entre sí.

Memorias de un estadio: anécdotas y lecciones

Entre las historias que laten en los márgenes de la final está la de Lothar Matthäus. En la noche de la final, su bota sufrió un percance que, en otro tiempo, podría haber vendido más periódicos que el propio gol. La suela se despegó, y aunque el equipo se acomodó, Matthäus no se sintió cómodo para lanzar la pena máxima decisiva. En su lugar, apareció Andreas Brehme, ejecutando un disparo preciso que cruzó la portería enemiga y tocó el cielo de una nación. Esas pequeñas fallas y esos aciertos impecables se convirtieron en el combustible de la épica: la Alemania que parecía invencible mostró también su lado humano, con sus dudas y sus decisiones bajo presión.

Otra pieza clave fue el vínculo entre Beckenbauer y el propio equipo. El Kaisar no solo dirigía desde la banda; su influencia se extendía a la forma en que el equipo afrontaba los entrenamientos, la concentración previa a cada partido y la disciplina que, según los relatos, incluía abrir las puertas a las familias durante ciertos momentos de concentración y permitir・un ambiente más humano. Fue esa mezcla de rigor y flexibilidad la que, según la memoria de muchos jugadores, permitió que la selección alemana se sintiera invencible sin perder su alma.

En el ámbito estratégico, Beckenbauer convirtió una defensa sólida en una maquinaria de ataque. Su visión situó a la defensa en la primera línea de construcción, un rasgo que luego sería revolucionario y que anticipó cambios que llegarían en décadas posteriores: la idea de que el mediocampo y la defensa sostienen el juego ofensivo desde atrás. En Italia, la Mannschaft demostró que no solo tenía talento, sino una idea de juego que podía sostenerse ante rivales de alto calibre y condiciones difíciles.

La final contra Argentina fue un ejemplo de esa combinación. El partido se definió por un detalle: un penal convertido por Brehme, un momento que encapsula la tensión de un encuentro que parecía destinado a decidirse por un segundo, una pausa, una ejecución. La presión de la situación y la precisión del disparo sellaron la historia de un equipo que había preparado cada oportunidad, cada replanteamiento, para llegar al desenlace de Roma con la serenidad de quien sabe que el esfuerzo tiene premio.

La narrativa de Beckenbauer no se detiene allí. Tras el título, su trayectoria siguió siendo un espejo de la historia alemana: la unión de dos mundos, la superación de heridas del pasado y la consolidación de un liderazgo que, en palabras de quienes lo conocieron, no era solo de un club de hombres sino de una idea de fútbol que trasciende generaciones. Con su figura, el equipo dejó claro que la grandeza no es solo un momento de gloria, sino una forma de entender y vivir el juego.

El Mundial de Italia también dejó huellas más allá del césped: la caída del Muro de Berlín había roto una frontera, y la unificación de Alemania, que fue anunciada en ese mismo año, encontró en el fútbol un terreno en el que la nación podía reconocerse y celebrar. Beckenbauer, como figura central de aquel proyecto, demostró que la historia se escribe con acciones pequeñas pero decisivas: exigir precisión, mantener la calma ante la adversidad y convertir la simplicidad en poder colectivo.

Con el paso de los años, Beckenbauer mostró que su influencia va más allá de las victorias: transformó la visión de lo que significa liderar un equipo, combinó la elegancia de un jugador excepcional con la rigurosidad de un estratega. Esa combinación dio lugar a una “histoire” que se repite cada vez que un equipo alemán mira hacia Roma y recuerda que, a veces, la grandeza nace cuando el silencio entre jugadas dice más que un grito de júbilo.

Y si alguien pregunta por el legado de Beckenbauer, podría responderse con una imagen: un hombre con la medalla alrededor del cuello y las manos en los bolsillos, dejando que el mundo vea que la grandeza no siempre necesita ornamentación. A veces, basta con caminar, escuchar y saber que el juego continúa, desde atrás, como una partitura que se ejecuta con precisión de relojero.

Dos notas finales, con humor ligero, para cortar la épica sin deshonrarla: Si Beckenbauer fuera DJ, su tema estrella sería “Kaiser Mix” y el volumen se subiría solo cuando la defensa aterrice; si fuera periodista, titularía: “Beckenbauer ordena, el título llega”.

Si alguna vez te preguntas por qué el fútbol se recuerda con tanta emoción, recuerda a Roma: una final, un penal y un emperador que enseñó a una nación a jugar en equipo y a soñar en grande.

Diálogo final del cierre: “El Kaisar no solo levantó la copa; elevó la idea de lo que significa ser Alemania, entonces y ahora.”

— Punchline final 1: Si Beckenbauer hiciera horóscopos, los pronósticos dirían: “Hoy, la defensa apunta al cielo y el equipo respira.”

— Punchline final 2: Y si alguien pregunta si esa final fue poesía, responde: “Sí, pero en alemán y con botas que ya estaban listas para la historia.”

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Aris Fiparis

Soy Aris Fiparis, periodista deportivo español nacido en 1991. Apasionado de la fotografía analógica, la escalada en roca y la cocina molecular, comparto mi visión sensible del deporte.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Franz Beckenbauer en el Mundial de 1990?

Fue el entrenador de la selección alemana, convirtiéndose en el primer caso en lograr el título mundial como jugador y como entrenador.

¿Qué ocurrió con la bota de Lothar Matthäus en la final?

Matthäus llevó una bota con problemas; no se sintió cómodo para tirar el penal decisivo y dejó esa responsabilidad a Andreas Brehme.

¿Qué papel jugó Beckenbauer en la táctica del equipo?

Transformó la defensa en motor de juego, liderando con rigor y visión para convertir la disciplina táctica en ataque sostenido.

¿Qué momento definió el desenlace de la final?

El penal convertido por Andreas Brehme dio a Alemania un triunfo 1-0 frente a Argentina, sellando el título mundial.