Italia, exilio eterno: ¿cómo el campeón del mundo perdió el rumbo cuatro veces y qué podría salvarle el futuro?
23 diciembre 2025
Contexto histórico y caída sostenida
Han pasado más de once años desde aquel cabezazo de Diego Godín que dejó a Italia fuera de la fase de grupos del Mundial de Brasil 2014. En aquel momento, pocos podían imaginar que, con el paso del tiempo, esa imagen sería la única constante de un campeón del mundo que ha perdido su rumbo varias veces desde entonces. En la década que siguió, Italia tocó fondo: en 2017 no se clasificó para el Mundial de Rusia 2018, una caída que no ocurría desde 1958; cinco años después, Macedonia del Norte les cerró de nuevo el paso a Qatar 2022. Estas derrotas dejaron al descubierto una realidad: la estructura de desarrollo y la gestión del fútbol italiano estaban desfasadas respecto a la élite europea.
Sin embargo, entre esas sombras, surgió un rayo de esperanza: Fabio Mancini (Roberto Mancini) llevó a Italia a ganar la Eurocopa 2020 (jugada en 2021) ante Inglaterra, en un desenlace decidido en los penaltis, y dejó la sensación de que un renacer era posible. Esa dinastía de victorias no fue suficiente para borrar la sensación de que el camino volvería a ponerse cuesta arriba si no se corrigiesen los errores de fondo.
Causas estructurales y el golpe de Bosman
La narración de la crisis italiana va más allá de una mala racha. Es una historia de años en los que la inversión se desvió de la formación de talentos y se volcó en soluciones de corto plazo. El mercado de fichajes y los derechos televisivos alimentaron un ciclo de gasto que no se tradujo en una base sostenible para la selección y sus clubes. A ello se suma la herencia de la sentencia Bosman de 1996, que aceleró la llegada de jugadores extranjeros y desdibujó el perfil de los clubes italianos, que dejaron de priorizar a sus canteras en favor de soluciones inmediatas. El resultado fue una generación que, si bien ha producido algunos talentos, no ha logrado sostener una élite competitiva a nivel continental.
La consecuencia ha sido una brecha cada vez más amplia con la Premier League y otras ligas que sí apostaron por infraestructuras modernas, talento joven y estrategias de negocio orientadas a largo plazo. En Italia, la inversión en estadios y en la formación de jóvenes ha sido intermitente y poco coordinada, lo que ha llevado a que se pierdan oportunidades de crecimiento y a una menor atracción de talento joven hacia las categorías juveniles y el fútbol de alto rendimiento.
El presente y las promesas del futuro
Entre los nombres que emergen como respuesta a la crisis están Donnarumma (ahora en Manchester City tras destacadas campañas europeas), Calafiori (Arsenal), Tonali (Newcastle United) y Kean (Moise Kean, hoy en Fiorentina tras años difíciles). También destacan jóvenes como Camarda (Milan), Leoni (defensa destacado) y otros que empiezan a forjar su camino. Estos talentos, crecidos fuera de la liga local, simbolizan una vía: regresar a un modelo de desarrollo que ponga la formación y la identidad italiana en el centro, en lugar de depender mayoritariamente de refuerzos externos.
La cuestión no es solo contar con jugadores jóvenes; es crear un ecosistema que les permita madurar, competir y regresar a la élite continental. En ese sentido, Italia necesita grandes reformas en infraestructuras, academias y governanza, además de un plan claro para recuperar el peso de la liga y de la selección en torneos internacionales. El proyecto para el Mundial 2030 exige decisión, inversión sostenida y una visión de medio plazo que hoy parece faltar.
En el apartado técnico, se sigue buscando un equilibrio entre experiencia y juventud, entre ligas top y crecimiento doméstico. La historia reciente demuestra que no basta con un solo ciclo ganador para sostenerse; hace falta un sistema que identifique, forme y retenga a la próxima generación de campeones. Mientras tanto, otras disciplinas y deportes de élite ocupan el foco de los jóvenes italianos, lo que añade un reto adicional para volver a colocar al fútbol en el centro de la cultura deportiva del país.
La escena está cargada de symbolismo: Italia, una nación con una tradición de talento que ha inspirado a generaciones, debe ahora construir un puente entre su pasado glorioso y un futuro en el que la tecnología, la gestión profesional y una visión a largo plazo hagan posible volver a competir por los trofeos que parece que solo se consiguen en otras latitudes. Y sí, el camino no será corto, pero la fe en los jóvenes y la disciplina institucional pueden convertir este periodo en un preludio de un nuevo capítulo de éxitos para la Azzurra. La verdad futbolística de Italia, como decía el título de antaño, está por vivir su momento decisivo.
Momentos de verdad que no admiten otra cosa: deben estar acompañados de inversiones en estadios y en formación, de una cultura que valore a los jugadores locales tanto como a las estrellas traídas desde fuera, y de una decisión colectiva para volver a marcar el tempo del fútbol a nivel global. Italia no ha dejado de ser una potencia; necesita recordar por qué lo fue y qué se requiere para volver a serlo, con paciencia, trabajo y una pizca de esperanza.
La próxima década podría ser la que defina si Italia logra reiniciar su marcha hacia la cúspide o si permanecerá condenada a la sombra de otros gigantes. En cualquier caso, la historia no terminará aquí; apenas está tomando una nueva dirección y, con suerte, traerá de vuelta aquella mezcla de talento y coraje que alguna vez hizo temblar a las grandes potencias.