Zidane 1998: De la sombra a la gloria mundial de Francia
13 enero 2026
Una joya no descubierta
Desde sus primeros pasos, Zinedine Zidane parecía un diamante en bruto al que apenas le brillaban los contornos. Su convocatoria ante la República Checa, en Burdeos, fue el preludio de una carrera que nadie imaginaba que acabaría por redefinir la Selección Francesa. Su elegancia y frialdad en el manejo del balón lo situaron por encima de un vestuario que aún buscaba su identidad.
Cuando entró al césped, el equipo aún trataba de encontrar su voz tras el shock de Bulgaria y la caída de una generación anterior. Zidane, con una presencia contenida pero decisiva, mostró que su talento tenía la capacidad de elevar a todos los que le rodeaban.
El impacto inicial fue modesto a ojos de quienes esperaban un destello inmediato, pero ese destello llegó con el paso de los meses: un jugador que, a fuerza de talento y trabajo, desbordó los límites de su juventud. Esta no era una historia de héroe instantáneo; era la historia de un proceso, de una metamorfosis que nadie veía venir.
Del sueño a la desilusión
El recorrido de Zidane estuvo marcado por altibajos. En la Eurocopa de 1996, celebrada en Inglaterra, Francia dejó la impresión de ser un proyecto en construcción, con un líder aún por definir. Fue entonces cuando el destino golpeó: un accidente de coche dejó a Zidane fuera de concurso, y la prensa empezó a plantear dudas sobre su madurez y su capacidad de comandar un equipo en ascenso.
Sin embargo, la confianza de Aimé Jacquet, entonces entrenador, nunca vaciló. Se creyó en la promesa de un joven que había sufrido la incomprensión de un entorno que pedía resultados inmediatos. El mensaje fue claro: la grandeza no se impone, se cultiva dentro de un plan compartido.
Construyendo el proyecto
Jacquet no solo seleccionó a Zidane; construyó una estructura que permitiera que ese talento floreciera. El sistema 4-3-2-1 se convirtió en una arquitectura donde Zidane jugaba por la banda izquierda en ataque, mientras su socio Yuri Djorkaeff aportaba creatividad y definición en la frente de ataque. La clave fue repartir la creatividad entre jugadores para evitar depender de un único astro y garantizar equilibrio.
La dupla Zidane-Djorkaeff fue el corazón del nuevo proyecto, que con el paso del tiempo se convirtió en una identidad táctica sólida. Entre 1995 y 1998, jugaron juntos 34 encuentros, con un balance de 25 victorias, 9 empates y 0 derrotas, con 22 goles y 21 asistencias entre ambos. Este binomio mostró que la genialidad individual puede convivir armoniosamente con un plan colectivo.
El giro decisivo
La senda hacia la cumbre no estuvo exenta de pruebas. En la fase de clasificación para la Eurocopa 1996, Zidane vivió una noche de prueba en Bucarest, donde su despegue como líder se empezó a vislumbrar con una serie de acciones decisivas que encendieron la chispa de su capacidad para cambiar el curso de los partidos.
La historia cobraba forma cuando, para la final, Francia se apoyó más que nunca en su dúo creativo. A pesar de las críticas y de la presión, Jacquet manejó una transición que culminó en una victoria que parecía imposible para un equipo que había conocido la derrota y la vergüenza. Este fue el momento en que Zidane dejó de ser una promesa para convertirse en la columna vertebral de un proyecto histórico.
Del oscuridad a la luz
La coronación de Francia en 1998 no solo fue un título; fue la prueba de que la paciencia, la disciplina y la fe en un proyecto compartido pueden convertir lo impredecible en leyenda. Zidane emergió como líder silencioso, capaz de convertir la presión en rendimiento extraordinario, y su cabezazo en la final dejó para la memoria un símbolo de esa transformación.
Con París como escenario y un mundo entero mirando, Zidane llevó a Francia a la cúspide del fútbol, demostrando que la grandeza se escribe con constancia y valentía. Esta historia, parte de Icons, nos recuerda que cada caída puede ser el preludio de un ascenso inolvidable. Y si alguna vez dudas de tu propio despertar, recuerda: incluso la cabeza de Zidane puede decidir finales que cambian la historia.
Esta entrega es parte de la serie Icons — la saga de Copas del Mundo. Síguenos para no perderte ninguna entrega y descubrir que la épica también se cocina fuera de las grandes portadas.
Y para cerrar con humor ligero: si la vida te da un balón perdido, cabecea la responsabilidad y hazlo épico. Si Zidane puede convertir una cabezazo en leyenda, cualquiera puede convertir un correo sin respuesta en una novela de suspense. Y recuerda: la vida es un partido; a veces tú eres el árbitro, a veces el balón, pero siempre tienes la oportunidad de marcar la diferencia.